Mistificando

Quien sabe,
que diga lo espíritu de la pandereta.
Quien sabe,
que explique,
la claudicante
espera de los planetas.
Quien quiere,
que tenga,
la espuma quemante,
de la asfixiante iniciación de los cometas.
Quien riega,
que crezca,
en la aspirante nebulosa,
practicante de flor negra.
Quien juega,
que aprenda,
a estar navegante
de explosiones en pasos y tretas.
Quien vela,
que encienda,
lo expectante,
lo misterioso,
de la insistencia del mosco,
de la congruencia de la escarapela.
Quien lea,
que ilustre,
sobre los lustres insidiosos
en los remos,
y en los húmedos estandartes de los banquetes.
Quien comete,
que retenga
la última esfera productiva
de enlaces mortales,
de ásperas fronteras.
Quien gobierna,
que convenga,
la inminente reputación
de lo que alberga.
Quien sostenga,
que no hiera,
la robusta situación
de árboles y sistemas.
Quien maneje,
que quiebre,
en la ínfima corteza
de amor y sapiencia.
Quien maldiga,
que estorbe,
y no sepa que es espina docente
de la ortiga,
en mariposa,
luego en hiena.
Quien regañe,
que observe,
el hábito invasor
de la especie que nos habita.
Quien odie,
que siembre,
la clara explicación
de rotas veredas
y amplios desbordes exógenos.
Quien carretee,
que vuele,
que siempre hay intentos,
que nunca acaban los logros,
que lo que escribo no le agrade a todos,
que nadie tenga la intención
de ser alguien,
pero que, sin embargo, lo sea.

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