Jinete de la tormenta


Los vientos azotaban
las márgenes
de un inmediato recuerdo.
La ciudad costumbrista,
de humedad creciente,
permitía el paso lento y tortuoso,
el caminar sereno y acobardado.
El señor nadie,
pelo largo y rebelde,
empapado por una ocasión lluviosa,
escondía su rostro triste y desmechado.
La mirada inclinada y paranoica,
recorría los riachos que causaba
esa pequeña gran tormenta.
Cause de un reflujo,
torrente de imágenes soñadas
se deslizaban por el fin acanalado
de cada baldosa.
Insolente momento.
El agua inocente,
golpeaba y limpiaba,
caía desde las alturas,
su propósito arrastraba
las mugres y residuos de cada ángulo de la vereda.
Arrancada cada pena,
caía ruinosa la cascada.
El filo del cordón,
límite de una frontera,
presentaba un corto
pero inesperado abismo.
Un lugar donde reposa
el tiempo y vastas muertes.
Un espacio rugoso.
Un escenario antiguo,
empedrado testigo de tantas
gotas cargadas de penas,
arrastradas de olvido.
Llovía desde las centelleantes alturas,
El agua ignorante del fenómeno,
sigue fiel hacia la alcantarilla,
puerta oscura de un averno sin retorno.
Conductos, inefables, asquerosos,
estructurado moho repugnante de decadencias
inimaginables pero necesarios cursos cloacales.
Depósito de la gran ciudad húmeda
de pasiones rotas.
Un grito silencioso pero desesperado,
despabiló la historia.
El cielo corrió las cortinas cumulosas.
La luna en su llenura
se deja reflejar desnuda,
en cada espejo,
en cada baldosa
que todavía inescrupulosas
guardan la humedad reciente.
El señor nadie,
como cada noche llego a la puerta de su casa,
dio la rutinaria vuelta a la única llave,
encendió la misma luz de siempre,
y colgó del clavo acostumbrado,
el piloto empapado,
que chorreo solo un rato,
como en otras ocasiones tormentosas.

La cita

-Hola.
(Ella estaba pensando,
tal vez en aquellos lugares
del recuerdo).
Mira distante.
-… no en el presente pienso.
(Ella contestó y yo no pregunté),
eso es magia,
y presiento que estoy enamorado

  • Y aunque no me creas
    te invito un café lleno
    de gente e iluminado,
    pero debo confesarte
    que igual con vos me siento aislado.
    Dos cafés,
    y por la mitad fríos
  • espero no desilusionarte
    pero me temo que a veces soy centrado.
    Adiós.
    Adiós.

Palabras

La palabra de Dios
está en el borde de Dios,
está al lado del mar,
ni adentro,
ni afuera.

La palabra de Dios,
está en el medio del silencio,
en los clavos y en la madera,
en los idiomas furtivos,
y en las formas de vidas pasajeras.

La palabra de Dios,
está en las meseras,
en los mendigos,
y en las abuelas.

La palabra de Dios
está en las palizas ajenas,
en las calles profundas,
en las caricias del terreno,
y en la magia negra de la televisión.

La palabra de Dios
está en las rodillas,
en las estatuas,
y en las velas sumamente apagadas.

La palabra de Dios
está en el abismo,
cerca del vino
y lejos del ardor.

La palabra de Dios
está en una boca seca
que no pronuncia palabra.

Otro tipo de héroe.

Héroe de gris,
que mantuviste
las velas encendidas
en la esfera cautivante,
héroe crisol de razas amapolas,
héroe tu sueño vale más que sus protagonistas,
eres como las palabras,
terminas por irte,
pero siempre después del colapso. Héroe que alimentas
la rapsodia espeluznante de la melancolía
y la redimensionas a alegría,
autorreflexión de la ría cósmica.

Héroe que por sostener
lo espumoso de las fugacidades,
debiste conocer el radio de tu suerte,
lograste ver lo bueno que es la vida
y de ahí respirabas,
lograbas adquirir energía
que utilizabas allá abajo,
donde las tristezas y los amores
se abandonan,
viviste ahí,
para sostener el último brillo,
porque solo apareces
sí hay algo último que sostener.

Todo lo anterior
solo te anuncia,
es tu próximo acto,
el que te glorificará,
cuando le dices a la muerte la utopía,
se la entregas,
la dejas caer,
sabiendo que les das libertad,
para nunca saber de ella.
Y el amor abandonado
se tornó en alas y en pájaros ciegos,
y voló.
Y entrelazado en esa muerte,
como otro tipo
de héroe,
desapareciste.

Singularidad

Y de donde escapar
si el camino está empapado
de zancadillas maestras,
y el verbo sangrante
de tus palabras arcadas,
de mi otro vos,
que dan borbotones de aliento,
en el caldo de las presunciones,
si logras penetrar tus espejos,
romper por fin el maleficio
del reflejo
que se traga toda la luz
podrás encontrar,
cara a cara
a tu otro yo,
y negociar con él
el encuentro
el enlace hertziano,
entre las ondas existenciales
de la sombra en todas partes,
y la escasa luz de los rincones,
por fin navegar la integridad minotauro,
de un solo esbozo
conciliar el sueño de un mundo mejor,
sin atrasos,
ni puntualidades
como un gesto
de forastero
que toma a la vida
como algo prestado.

Fuego

Criatura escueta
como la alta vaca de esa lata,
al ver su cara de chapa,
sus manos como utensilios de abrir,
al sentir el roce metálico,
chispeante,
miré al suelo empapado de ácido,
veo como una chispa resiste la extinción de la caída,
oigo algo parecido al silencio,
seguido de un sonido apagado
similar al de una estocada,
supe que era la flama que se desplegaba,
un telón que al extenderse,
en lugar de ocultar,
evidencia como la aparición
omnipresente va ejecutando
su ópera incendiaria,
mientras el drama provoca lágrimas
de carbón galvanizado.
Siguiente acto,
el fuego avanza por la pared,
interpretando un adorno
que se devora todo el espacio,
anidando en lo plástico,
nutriéndose de lo esponjoso.
Resultándole apetecible el confort,
tanto,
que le hizo decir al fuego,
“fuego”,
luego desapareció,
mejor dicho parecía viejo y cansado,
sin embargo siguió ardiendo invisible,
en los cimientos de lo que fue algo muy caliente.

De paso fortuito

Un período de paso fortuito,
llena de sazón
ese parque desesperanzado.
Mil enseñanzas nacen
del césped que piso,
y repiso en instantes olvidados.

Un número de flores,
un número de flores
que desconozco
y no descifro me aíslan
desde las alturas,
las alturas
me dan conocimiento
de que existo.
La polaridad de ser único,
como ser,
me golpea
contra las únicas dos paredes
que no puedo,
ni podré soslayar.
Dentro de ese parque desesperanzado,
mil enseñanzas nacen del césped que piso.